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Comentario

En la frontera de los sentimientos, Petti

Cuando descubrimos a Petti hace un par de años, primero en directo y casi seguido en las once canciones de “Amets bat”, el impacto fue brutal e instantáneo: dijimos entonces que estábamos ante un diamante en bruto, una voz inédita en la escena euskaldun, un fino guitarrista, un bluesman, en ocasiones, brillante y apasionado, una interpretación tan poética como salvaje de la experiencia de vivir. También un pionero de un estilo que podríamos definir como folk asilvestrado.

Según fueron pasando los meses y vimos de nuevo a Petti sudando las canciones en directo tuvimos que replantear aquella primera impresión. Petti, efectivamente a pesar de su densa oscuridad, o precisamente a consecuencia de ella, era un diamante, pero con todas sus caras ya bien pulidas, un artista hecho que había que cuidar y volver a grabar. Este reto que siempre supone lo que los anglos llaman “la segunda difícil grabación”, cuando la primera ha recibido tantos parabienes como los que tuvo “amets bat” sumió a artista y editor en un mar de dudas. Petti tiene como Neil Young una faceta más salvaje, eléctrica y bluesera, que ha perfeccionado en escena pero inédita en disco. Ese podía ser un camino, pero es que también había otros cantos, para entendernos más folkis, que pedían a gritos ser registrados. Se pensó en un proyecto doble y simultáneo pero al final se optó por aplazar ese paseo por el lado salvaje de su estilo, y se asumió de hecho más riesgo al grabar estas once “razones”, que no prometen ningún camino fácil, como a menudo ocurre en la vida con las cosas que más queremos.

“Arrazoiak” es un trabajo que hay que beber a pequeños tragos para degustarlo mejor. No debió haber muchas dudas para colocar “bihotzeko harriak” al comienzo, con uno de los cuatro textos de Beñardo Goietxe, beratarra también y viejo cómplice de Petti. La guitarra acústica, la armónica de Raúl y la percusión impresionista de Jimmy Arrabit son el acompañamiento de mínimos que Petti ha escogido para comenzar a desnudar el alma hasta la última piedra, en esta canción acuática con final inesperado. Morau aporta la letra para un canto desnudo “zure isiltasuna”. El cantante va ascendiendo por la historia adecuando la voz a esa estructura agobiante. Los cantos de Petti adquieren toda su trascendencia en la voz que es creíble, que fluye natural. El dolor catártico que aparece en “sobera erraza” es otro sentimiento reincidente en las canciones del navarro. Detrás de esa voz ronca se desliza suave el teclado del gazteiztarra Javi Arteaga. Petti, aunque por edad no ha debido recibir el influjo directo de Ez dok amairu, nos recuerda a veces los cantos más brutales de Lete y Laboa. “Itsuak”, con letra de Goietxe nos trae algo de ese ambiente pretérito. Mucho más cerca de su directo nos suena “Arrazoiak”, mediado el disco, con ecos lejanos del blues árabe, para esta despedida agridulce. “Diridra hori”, el canto más largo, empieza con una de esas guitarras a lo Richie Havens, que marca el tema al comienzo de una dirección hasta que la voz la lleva a su territorio de hondura e interpretación maestra en soledad. Las cosas se dulcifican, solo en apariencia, en “alegia” con un arpegio que podría ser de Paul Simon. Los violines de Bingen Mendizabal y Marina Beraetxe respectivamente, se acercan en un par de canciones, “ez pentsatzea”, con texto de Pessoa e “ilusio antzua”. En el primero Petti se adentra en el territorio del blues con total heterodoxia y brillantez. Las razones terminan en una taberna meditando. Petti ha grabado un segundo trabajo existencialista, sin concesiones sonoras. Los cantos –y en eso se sigue la tradición folk- no son el *qué sino el cómo*, que ha bebido zumos de frutos amargos.

...y si tienes paciencia no acaba ahí el disco.

Pedro Elías Igartua