Se cumple el hecho que el grupo que acompaña a Ainara LeGardon y que sirve de preámbulo o introducción a sus conciertos no es casual, y que merece la pena, y mucho, intentar ser puntuales a la cita y descubrir la sorpresa que nos tiene preparada. Si fue Decapante el grupo encargado de abrir su concierto hace un año, esta vez Petti fue el elegido esta vez para llevar a cabo la no siempre gratificante labor de ser el telonero de un concierto.
Petti se presentaba acompañado únicamente por su guitarra, acústica o eléctrica dependiendo del tema, ante un público inicialmente curioso y más tarde ruidoso, que comenzaba a llenar la sala. Ciertamente el cantautor navarro dio una lección a aquellos, en los que me incluía, que poníamos en tela de juicio la musicalidad del euskera, pero las canciones, que tuvimos la suerte de escuchar la pasada noche, eran un muestra de intensidad y fuerza que brotaba por una garganta privilegiada. Buenas canciones y, una vez más, se cumplía la máxima.
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No nos engañemos. El rock euskaldún ha sido y es sobrevalorado, está muy preso de estrechos corsés y su interés para quienes van más allá de la condición de meros aficionados es prácticamente irrelevante. Pero hay excepciones, y tengo que defenderlas con la misma franqueza con la que me he cascado la frase anterior. El rock clásico de Petti, los sonidos rítmicos de puro funk pasado por el tamiz hard-core de Inoreneroni, la fuerza-control de Kuraia o Anari, por supuesto, está al mismo nivel que lo mejor del resto del Estado. Si los prejuicios o la pereza te frenan, tú te lo pierdes.
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