Ya no debería asombrar la cantidad y calidad de referencias que, en los últimos años, está generando Euskadi alrededor de la música. Si bien la escena vasca tuvo su época de dominante rockera, el tiempo se ha encargado de dar voz a multitud de manifestaciones y estilos que, hoy por hoy, no dejan casi nada fuera.
En el terreno de los cantautores sí que puede apreciarse no un déficit, sino una enorme dificultad para el mantenimiento de carreras largas, algo que, en el fondo se advierte también en casi todos los mercados alrededor de este estilo. Da la impresión de que la canción de autor, en los últimos quince o veinte años, ha funcionado a estacazos, con generaciones sobresalientes que no son capaces de conectar con el público una vez éste ha crecido en edad. Con todo, lo mejor del asunto es que, aunque no permanezcan, siempre salen nuevas propuestas dispuestas a intentarlo.
Ese es el caso de Igor Arzuaga, artista que debuta en solitario después de haber puesto en marcha un proyecto conjunto (Mara) o de haber tocado en grupos locales como Ezkixu. Ahora aborda la aventura de escribir desde el terreno personal y de llevar a un disco, “Argi izpi bat”, sus canciones. Para ello se ha servido de una banda escueta en la que él mismo se encarga de guitarras y piano. Su producción, compartida con Juanan Ros, es escasita y deja en un plano sumamente desnudo las composiciones de Igor, aunque, probablemente, y a tenor de las letras que aporta, es lo que en un principio se pretendía.
Musicalmente, con todo, el resultado queda oscuro, hasta misterioso en ocasiones, y un tanto oculto por líneas instrumentales que casi quitan protagonismo a la voz en momentos puntuales. Probablemente el debut podría haber sido mejor si se hubiera contado con más medios, pero la cuestión, como se decía al principio, es si habrá una segunda oportunidad.
E.P.
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