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Marcelo Escrich, en el cielo de Charlie Haden


Iturria: Óscar G. San Luis

Tengo que confesar que Beyond the Missouri Sky, esa deslumbrante y apacible ermita sonora que levantaron mano a mano Charlie Haden y Pat Metheny en un rincón de la Tierra bajo el Cielo, apartados del mundanal ruïdo, es uno de mis discos predilectos desde que lo escuché allá a finales del siglo XX, cuando iba a concluir por fin aquel despliegue de malda(d) insolente. Lo he escuchado y requetescuchado en infinidad de ocasiones. Me sé solos de Haden de memoria, he intentado maniobrar torpemente algunos pasajes de Metheny con la guitarra y, en fin, hasta puse una letra privada a The moon song para poder canturrear la melodía. Así de obsesivo es uno cuando halla algo Bello; no quiere mirar otra cosa.

 

Pues bien; hecha esta confesión, puede inferir el amable lector que este disco, Charlie Haden songbook, que presenta Marcelo Escrich en trío junto a Luis Giménez (guitarras) y Alberto Arteta (saxos tenor y soprano), me tenía ganado de antemano. Era de esperar, conociendo la trayectoria artística de estos tres genuinos músicos, que si osaban poner sus manos sobre Haden era con la certeza de que Charlie, el frustrado cantante que reemplazó las cuerdas vocales por las del contrabajo, como diciéndonos a todos que cuando se cierra una puerta, se puede abrir otra a una estancia quizás más acogedora, sonreiría más allá

del cielo de Missouri al oír vibrar esas mismas gruesas y graves cuerdas con las que él cantó, pulsadas ahora por Escrich.

 

A la formación le han llamado Silent trio, pero si se hubieran arriesgado a llamarla poéticamente Trío Silente, que además de silencioso tiene las acepciones de tranquilo, sosegado, sigiloso, escondido, velado... nos habrían anunciado, ya antes de la música, en la blancura previa del lienzo antes de ser tocado por el óleo, el mundo inefable del que habla precisamente sin palabras este inmaculado cuaderno de canciones.

 

Y sepa disculparme el paciente lector si la prosa me brota florida en exceso; no es más que porque me hallo en medio de este místico jardín proyectado por Marcelo Escrich, escuchando su aroma y sus colores. Estrenar así, de manera tan limpia y tan pura, las canciones de Haden, es una fiesta para oídos presumidos. Oh, el universo de Haden, en el que tanto me ha gustado perderme, aquí de nuevo. Our spanish love song, Here´s looking at you, Out of focus, In the moment, Nightfall, obras maestras que han caído en buenas manos. La guitarra pulcra y respetuosa con el original, destellando en discretos matices, de Luis Giménez; la grata expresividad de los saxos de Alberto Arteta, cuyo sonido se aflauta cuando el pasaje lo reclama; en fin, la calidez del contrabajo, buscando siempre melodías que desbordan y enriquecen su papel de acompañante, de Marcelo Escrich... Haden puede realmente descansar en paz.

 

Si el disco no fuera más que esto, una reexposición cabal e inspirada de los temas de Haden, ya se podía uno dar por satisfecho. Pero lo que lo hace fascinante, una auténtica obra maestra, es precisamete lo que no habíamos oído antes, las tres composiciones de

Marcelo Escrich que intercala en el universo de Haden. Titulados Salmos, los dos primeros dedicados al propio Haden y el tercero a su entrañable amigo Mauro Urriza, músico también desaparecido, son los temas que convierten a este trabajo en imprescindible. Por su profundidad, por su verdad, por su rotunda belleza, merecen sin remilgos estar donde están, arropados por la música de Haden. Con estas tres piedras monta Escrich el altar de nuestra amada ermita en ofrenda a nuestra divinidad sin dioses, la Música.

 

Charlie Haden songbook cuenta además con la colaboración de Mikel Andueza en There in a dream, tema interpretado con calidez conmovedora, y con el acordeón de Javier López Jaso en Waltz for Ruth, magistral. Terela Gradín canta, aprovechado la letra que escribió Abbey Lincoln, First song, exquisita, demostrando que hay melodías que desde su nacimiento reclaman un poema para ser cantadas, y más si el compositor la titula Primera canción. Porque se trata de eso, de cantar, de celebrar, de proclamar lo sagrado, lo elevado, lo bello que conserva el corazón humano, incluso en el siglo XXI, este nuevo despliegue de insolencia malvada. Para ello Marcelo Escrich ha preparado este maravilloso mecanismo de relojería sonora que, alabada sea su divinidad, nos saca amablemente del Tiempo a un Paraíso sin lugar.

 

Y ahí me quedo -la música callada, la soledad sonora-, musitando para mis adentros el Salmo nº 1 -fa mi fa, mi re mi, re do re, do-, atraído por las alturas que muestra la escalera de caracol de la carátula que, tan semejante al oído humano, nos asciende en volandas al campanario.

 

 

 

 

Óscar G. San Luis