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Biografia

Sobre las cinco y media de la mañana del 25 de junio de 1937 un pelotón de fusilamiento segó la vida de Esteban Urkiaga Basaraz, Comandante de Intendencia de Euzko Gudarostea. Coincidía también bajo la misma piel y caía muerto por las mismas balas el periodista aquel del diario Euzkadi que en tiempos de guerra seguía su labor política en otros medios, tales como la revista Gudari. Y aquellas mismas balas que mataron al comandante de Intendencia y al periodista, mataron bajo la misma piel a la gran esperanza de la literatura vasca, el joven poeta Lauaxeta. Cuando se cumplen cien años de su nacimiento, recordamos su obra y su figura.

Esteban Urkiaga Basaraz más conocido hoy como Lauaxeta, nació en Laukiz, Bizkaia, un 3 de agosto de 1905, en la casa conocida como Erriko Taberna, siendo bautizado en la fe católica el día 8 del mismo mes. Por aquel entonces Laukariz tenía una población censada de 500 habitantes, en la que suponemos que algo hizo que el padre de familia decidiera que se trasladaban a Mungia. La fecha del traslado no está fijada, pero Jon Kortazar, autor de la primera tesis doctoral sobre el poeta –publicada con el título de Teoría y práctica poética de Lauaxeta- y autor también de la única biografía del mismo publicada en castellano –Lauaxeta, biografía política- apunta, que pudo en ser en 1909. Es el mismo autor quien escribe que el seudónimo de Lauaxeta -a los cuatro vientos- procede de la ubicación peculiar de la casa a la que se trasladaron a vivir en Mungia, abierta a los cuatro vientos. Aunque en principio no era ese el nombre original de la casa, le fue propuesto como seudónimo cuando comenzó a publicar. Para los que quieran seguir las huellas del autor, en esta casa, en la actual Calle Lauaxeta, se ubica el hotel que lleva como nombre el seudónimo del poeta.
Su infancia la pasó ahí, y a los once años de edad, es decir, en el curso 1916-1917, cuando Europa se desgarraba en la hasta entonces mayor guerra de su historia, Esteban Urkiaga Basaraz ingresó en el colegió de jesuitas de Durango. Dicen que fue tan intensa la impresión que recibió allí, que pensó ingresar en la orden. En efecto, en 1921 inició el noviciado en Loyola, donde fue compañero de curso de uno de los gigantes de la cultura euskaldún del siglo veinte, Jokin Zaitegi.
El mismo Zaitegi cuenta que fue la lectura del libro de una conocido capuchino el que espoleó sus conciencias, haciendo que, según sus propias palabras, pasaran de hablantes de la lengua, o vasco parlantes, a cultivadores de aquella. Aunque Zaitegi no lo diga expresamente, el libro que produjo el cambio debió ser Ami Vasco, del padre Evangelista de Íbero. A partir de ahí la conciencia política no tardaría en despertar. Allí en Loyola se creó un grupo en el que estaban, además de los citados Lauaxeta y Zaitegi, otros hombres importantes de la época, como Andima Ibinagabeitia o P. Mújica. En aquel ambiente el joven novicio entró contacto con la literatura clásica, desde Cicerón o Sófocles, hasta Shakespeare, pasando por los clásicos de la lengua castellana, inglesa, francesa, alemana, portuguesa o catalana, y comenzó a escribir y a publicar en la revista Jesusen Biotzaren Deya, firmando con su segundo apellido, Basaraz.
A los 21 años Esteban Urkiaga pasó a Oña, a completar sus estudios, que abandonaría al de dos años, en 1928, sin que los motivos que le llevaron a tomar la decisión resulten claros. Lo que sí sabemos es que en Oña conoció a uno de los hombres más importantes de su vida, el Padre Moreno, que reaparecería en su vida en las circunstancias más dramáticas.
Los diez años transcurridos entre el momento en que se le acepta la renuncia –julio de 1928, año de la publicación de Romancero Gitano, de Federico García Lorca- y el de su muerte –junio de 1937- son diez años de vértigo en la historia de la humanidad. Los tres primeros Estaban Urkiaga los dedicó a su formación literaria y política. Publicaba traducciones de poemas en el diario Euzkadi, utilizando ya el seudónimo de Lauaxeta, que podría simbolizar perfectamente su actitud ante la literatura y el euskara. Soplaban nuevos vientos en la vida cultural vasca y pronto esos vientos extendieron el nombre de Esteban Urkiaga hasta los últimos rincones de la geografía literaria vasca.
El acontecimiento tuvo lugar en Renteria, Orereta, en 1930. Ese año la sociedad Euskaltzaleak organizó el primer Olerti Eguna, o Día de la poesía. Aunque el verdadero impulsor de la iniciativa, que se repitió cada año hasta que estalló la guerra, era Aitzol.
Tras el seudónimo de Aitzol, hoy en día un nombre bastante común entre los jóvenes vascos, estaba José Ariztimuño, sacerdote católico animador de la vida cultural del país, con el que Lauaxeta debatió apasionadamente y con el que compartió destino final. Aitzol iba a ser uno de los dieciséis sacerdotes y religiosos vascos católicos leales fusilados o hechos desaparecer por los sublevados. Lo fusilaron el 17de octubre de 1936, tras haber sido apresado en el bou Galerna, cuando volvía a lo que quedaba de la Euzkadi leal.
Volviendo a aquel Olerti Eguna inaugural, el primer premio del concurso correspondió al poema Maitale Kutuna, de Lauaxeta. Tras él quedaron, en segundo y tercer lugar respectivamente, el poeta ya consagrado Nicolás Ormaetxea “Orixe” y Xavier Agirre “Lizardi”. Es decir, los otros dos nombres fundamentales del renacimiento de las letras en euskara.
Aquel premio lanzó el nombre de Lauaxeta, que pronto iba a hacer realidad lo que su seudónimo prometía: abrirse a los cuatro vientos y hacer que los vientos de mundo entraran en la literatura en lengua vasca. En diciembre de 1931 publica su primer libro, Bide Barrijak –nuevos rumbos- en la histórica editorial y a la vez imprenta Verdes, de Bilbao. El libro, que provocó un terremoto en la literatura vasca de la época, iba acompañado de un prólogo de Aitzol precisamente. El segundo libro de poemas de Lauaxeta, Arrats Beran, publicado en 1935, fue otra convulsión en el panorama de la creación en euskara. Nadie se quedó indiferente ante lo que Lauaxeta proponía, ni como lengua literaria o expresión estética, ni con el contenido de sus propuestas. El mismo Orixe pasó de la admiración más rendida hasta la crítica más negativa a la obra del joven poeta. Que se bastaba y sobraba para defenderse. Tenía a su disposición, aunque no solo para eso, el diario Euzkadi, con su página Azalpenak.
En efecto, a partir de 1931 a Esteban Urkiaga le llegó la propuesta de hacerse cargo de la página diaria en euskara del diario Euzkadi, página que hasta entonces había estado a cargo de Nicolás Ormaetxea “Orixe”, quien se retiraba de las tareas cotidianas para dedicarse a escribir, por encargo de Aitzol, el que pretendían que fuera el poema nacional vasco, que se titularía Euskaldunak.

Entre su nombramiento en 1931 y la movilización en 1936 –periodo en el que residió en Bilbao-, Esteban Urkiaga, desde las páginas de Euzkadi y más concretamente a través de la sección titulada Azalpenak, realizó una importante labor a favor de la lengua, participando activamente en el debate cultural en su más amplio sentido, sin dejar por ello de lado su propia obra literaria. Y es que probablemente ningún tiempo pasado fue mejor para la lírica, siendo quizás la vocación poética la que lleva en cada caso al poeta a superar la presión de los acontecimientos cotidianos y enfrascarse en su obra. En el caso de Lauaxeta, la elaboración de una obra literaria en la que primó el simbolismo, no fue incompatible con la participación directa en la vida social y política. Así, sabemos que el 29 de marzo de 1931 dio un mitin en Mungia, con las siglas del PNV, en vísperas de las elecciones municipales. En aquella fecha Mungia era una población de cinco mil habitantes, exactamente cinco mil, según el censo de 1930. En las elecciones del doce de abril de 1931, aquellas que mandaran al Borbón de turno –Alfonso XIII- al exilio, y que trajeron a cambio la proclamación de la república, el PNV obtuvo ocho concejales en Mungia, por 5 los monárquicos, siendo la otras fuerzas políticas, como Acción Nacionalista Vasca, republicanos, socialistas y anarquistas, minoritarias e incluso alguna testimonial.
Como decimos, Esteban Urkiaga, por entonces ya conocido como Lauaxeta, había saltado a la arena política en vísperas de aquellas trascendentales elecciones municipales, y no la iba abandonar hasta su muerte. Su labor militante, hasta la sublevación, se iba a centrar en trabajar en el campo de la juventud, en el de la mujer y en el del sindicalismo agrario. Eso sin olvidar que fue miembro de la asociación de escritores en lengua vasca Euzkel Idazleen Batzarra, constituida el 1 de octubre de 1933 en Elgoibar, que también formó parte de la AVASC (Asociación Vasca de Acción Social Cristiana), que participó en la creación y desarrollo de Euzko Ikasle Batza, Asociación de Estudiantes Vascos o que formó parte grupo Mendigoizaleak.

Aranista convencido, en la concepción del mundo de Lauaxeta, como en la del “maestro”, la fe católica lo debe guiar todo. La solución a los problemas de este mundo vendría marcada por la doctrina social de la iglesia, concretada por entonces en la encíclica de León XIII “Rerum Novarum”. De ahí parten sus posturas ante lo que algunos dieron en llamar la cuestión social, lucha de clases según otros, que se resuelve en la conocida fórmula de colaboración entre trabajadores y patronos, fórmula a la que algunos llamarán igualitarismo y otros, pura y simplemente, interclasismo.
Con esos principios como guía, Esteban Urkiaga estuvo en la creación de Euzko Gaztedia -Juventud Vasca-, llevó a cabo campañas de agitación sindical entre los baserritarras, a los que instaba a afiliarse en Solidaridad de Trabajadores Vascos, participó en cursos, conferencias, debates y mítines y batalló a diario por desde su página en el diario Euzkadi.
De entre sus actividades “a favor de la patria” –dicho esto en sus propios términos-, cabe destacar que colaboró con Euzko Emakume Batza –Colectivo de Mujeres Vascas-, fundada en 1922, a iniciativa de Eli Gallestegi, y que llegó a reunir a más de 30000 mujeres en su seno. La labor propagandística y proselitista entre las mujeres cobró mayor importancia a partir de que el 1 de octubre de aquel portentoso año 1931. Ese día en los territorios de la II. República se reconocía el derecho al voto de las mujeres en igualdad de condiciones con los hombres. El nacionalismo vasco de la época fue muy consciente de la importancia de la mujer, no solo en cuanto al potencial de votos, sino como transmisora primera y decisiva de algunos de los valores que él mismo, como ideología, pretendía potenciar, tales como la lengua, la religión y las costumbres.
Sin embargo, hay en las ideas políticas de Lauaxeta se dan alguna desviación, o si se quiere corrección, de la senda marcada por Sabino Arana. En el diario Euzkadi del 2 de julio de 1932, reseñaba una conferencia de Lauaxeta, titulada “El internacionalismo del nacionalismo”, en los siguientes términos: “Pide (Lauaxeta) a los nacionalistas postura de respeto para los extraños que viven aquí. Afirma que se puede ser nacionalista y amante de nuestro país quien, siendo de padres extraños y de raza extraña ha nacido y trabaja entre nosotros”. Esa postura contrasta con lo expresado por el mismo Lauaxeta un año antes, cuando en su sección habitual en el diario Euzkadi arremetió contra los emigrantes, tratándolos de piojosos, sinvergüenzas y muertos de hambre que, marginando a los autóctonos, pretenden convertirse en dueños y señores del país. Y es que no cabe engañarse ni en ese tema ni en ningún otro. Esteban Urkiaga Lauaxeta, fue un hijo de su época. Sus ideas, expresadas muchas veces al calor de los acontecimientos diarios, parecen en ocasiones improvisadas, o poco maduradas, y a veces incluso contradictorias, valga como ejemplo el ya citado de la emigración. Pero esa improvisación, esas contradicciones, en el fondo venían a expresar una mentalidad abierta y cambiante, que de no haber sido por la guerra nadie sabe a dónde hubiera conducido a Esteban Urkiaga Basaraz, Lauaxeta, fusilado por un pelotón a las órdenes de los sublevados el 18 de julio de 1936.

Si alguien quisiera escribir un guión dramatizando la experiencia de la guerra que se inició aquel fatídico día y todo lo que la misma truncó, ahí tiene, para empezar, a dos hombres con seudónimo, uno civil y otro religiosos, ambos fusilados: Lauaxeta y Aitzol, el discípulo y el maestro, ambos pacifistas. Dos nombres que tan sólo parecen haber existido para esa parte de la sociedad vasca al tanto de la literatura en euskara, o que se siente nacionalista, y para pocos más. El 18 de julio de 1936 Aitzol publica en el diario Euzkadi un último artículo sobre la nueva poesía vasca, que terminaba con estas palabras:
*..una legión de euskaltzales trabaja con denuedo, vase (sic) forjando el caudal literario vasco, esperando que el pueblo, por fin, se decida a seguir al selecto grupo de los que forjan el pensamiento artístico nacional*.
No pudo el pueblo seguir a los que forjaban ya el pensamiento artístico nacional. Hubo de acudir al grito de ¡Al arma! El uno de agosto, en la canícula de aquel verano de muerte, Lauaxeta anuncia a través de su página que deja la misma. *Estos días Lauaxeta anda ocupado en otras tareas, ya que los acontecimientos en curso exigen la colaboración de todos. Gracias y adiós*. Esa es la nota. A partir de ahí, poco sabemos, más que acudió al grito de ¡Al Arma! Sabemos que fue nombrado Comandante de Intendencia de los batallones de gudaris, que su cuartel se situó en el Colegio de los Escolapios de Bilbao, que tenía chofer propio y que salvó más de una vida en peligro, tal y como resume Jon Kortazar, que apostilla diciendo que “pasó algunos sacerdotes de Santander a Bilbao porque corrían riesgo en la capital cántabra”. Pero aun hay más.
Tras el asalto de los batallones de la UGT, a la cárcel de Larrínaga y a los Agustinos, uno de los primeros destacamentos de gudaris que llegó al lugar de la tragedia, venía comandado por Lauaxeta, quien pudo reunir a algunos gudaris en el cuartel de los Escolapios. De entre los presos fusilados pudieron rescatar a dos que estaban simplemente heridos, aunque en las listas oficiales se les diera por muertos. Uno de los tales heridos era una persona de apellido Vélez. Cuando Lauaxeta fue hecho prisionero se pensó en canjearlo por el tal Vélez. El canje, según Kortazar, debió estar bastante asegurado, pero por razones que se desconocen se frustró.
Pero volvamos atrás, ya que hay que anotar que durante la guerra Lauaxeta fue nombrado director de la revista Gudari, destinada, como ya se ha dicho, a los miembros del Euzko Gudarostea, el ejército vasco. La revista tenía un marcado carácter independentista y, según se puede ver en la edición facsímil, fue censurada. En la misma se publicó guztiz ederreko landa. Eso fue tras la detención de su director.

La detención del comandante de intendencia y director de la revista Gudari Esteban Urkiaga se produjo el 29 de abril de 1937 en Gernika. Ese día, por orden de Ajuriaguerra, aquél había acudido a la villa a acompañar a un corresponsal de La Petite Gironde. Su conocimiento del francés el motivo de que fuera el elegido para acompañar al periodista. Todo esto nos alguna pista sobre las actividades del escritor durante la guerra. Se diría que pertenecía al servicio de propaganda. Tras su detención aquel día de abril, el comandante Esteban Urkiaga, que resultó ser el poeta Lauaxeta, fue llevado al convento de los Carmelitas de Gasteiz, convertido en parte en prisión. Y allí estaba, por si alguno pensaba que la realidad en este caso no iba a superar a la ficción, el Padre Moreno. Lo poco que sabemos de lo que pasó entre aquel 29 de abril y el 25 de junio, lo sabemos casi todo gracias a su testimonio. Antes de ponerlo aquí, un par de notas más.
Sabemos que Esteban Urkiaga fue juzgado, probablemente como único encausado, aunque todavía nadie ha dado con el acta de aquel juicio, en el que según Jon Kortazar, Lauaxeta basó su defensa en sus acciones de salvación de vidas de personas de derechas. Afirma el mismo autor que “el fiscal argumentó por el contrario que ello demostraba su importancia dentro del Partido Nacionalista Vasco.
Condenado a la pena de muerte, la sentencia se cumplió contra la tapia del seminario viejo de Gasteiz. Junto a él estuvo hasta el último momento el sacerdote que conoció en Oña, el padre Moreno, que dejó testimonio escrito de los últimos momentos del poeta. El 24 de junio de 1937 apuntó en su diario que aquella noche había ido “a la cárcel. A asistir a Esteban Urkiaga”. Al día siguiente escribía un apunte estremecedor. “Con el mal sabor de boca de la ejecución de Esteban Urquiaga. Sereno y cristianísimo, plenamente sumergido en la apacible dulzura de nuestra Santa Fe. La ha sentido y gustado a través del Nuevo Testamento, que diariamente rumiaba en la lentitud de las horas de cárcel, horas grises, sin objeto, eternas... ¡Jesús vida. Jesús, el único! Era lo que repetía. Luego, a las cinco y media, los cuadros de costumbre: mientas hablaba con mi crucifijo, tiernamente enamorado por lo solemne del momento... ¡Toda la masa encefálica fuera! Le quito las medallas, recojo el Cristo y el rosario con los que ha muerto. . . . ”.

Las palabras del padre Moreno reflejan que Lauaxeta mantuvo hasta el último momento la actitud expresado en el poema escrito poco antes de ser fusilado, titulado *zken oyua –Último grito*.
Goiz eder honetan erail bear nabe / txindor baten txintak gozaten naukela? / El naiten leyora begiok intz-gabe!
Es uno de los poemas en euskara más bellos de los que jamás se han musicado. El artífice fue Antxon Valverde, quien en un bello disco dio a algunas de las poesías de Lauaxeta tal fuerza dramática que gracias a ella toda una generación recuperó la poesía del vizcaíno, tachada como difícil en unos tiempos hoy ya superados.
Hoy el mejor homenaje que se pueda rendir al poeta sea leer su poesía. A falta de traducción, el álbum de Valverde puede ser una buena vía de aproximación. También hemos citado los trabajos en castellano sobre el poeta.
Todo sea por conocer mejor a un poeta fusilado que al parecer no tiene la suerte de ser considerado español de pleno derecho, de lo contrario ahí tendrían a otro García Lorca, poeta al que Lauaxeta llegó a conocer en Bilbao y del que tradujo varios poemas. Pero no es eso lo importante. Lo importante es que se siga investigando sobre la vida y la obra del comandante fusilado aquel 25 de junio, el poeta movilizado Esteban Urkiaga Lauaxeta, y que podamos conocer, por ejemplo, el acta de su juicio o recuperar parte de su biblioteca, perdida en una guerra en la que si nadie fue inocente, dicen, los culpables fueron quienes la desencadenaron, sin duda. Como ha declarado recientemente el también poeta y periodista, Juan Luis Zabala, autor de Agur Euskadi!, novela en la que Lauaxeta resucita de su tumba cincuenta años después, la muerte de Esteban Urkiaga Basaraz simboliza el corte, el truncamiento dramático, de un renacimiento cultural de cuyos frutos se nos ha privado a todas las generaciones posteriores.