Markos Untzeta | Trotamundos
EL CORREO 05/04/2002
Fogueado en Inglaterra y Bahamas, el de Eibar debuta con un CD de tenue rock americano.
**ÓSCAR CUBILLO**
Foto:**Ignacio Pérez**
Allá en el ancho mundo, Markos Untzeta desarrolló su talento musical. Ahora, este eibarrés de 31 años ha cambiado el inglés por el euskera y ha pasado de actuar como un solitario cantautor (en su caso, songwriter) a liderar una banda de fuste con la que hace realidad todos los deseos ocultos que le asaltaron cuando se empapó de los grandes mitos del rock adulto. «Con 15-16 años, ya estaba metido en el ‘Blonde On Blonde’ de Dylan, el ‘Born To Run’ de Springsteen, muchas cosas de Tom Waits, también de Jackson Browne... Sobre todo, eso. No es que escuchara mucha música y muy variada. Cogí esos discos y son los mismos 20 o 30 vinilos de ahora».
Markos Untzeta, que gasta estética entre motero y rudo rocker yanqui tipo Joe Grushecky, pinchaba esos vinilos una y otra vez. «Así tomé el gusto por las canciones. Me daban tanto, que escucharlas no era suficiente. Compré una guitarra y aprendí yo solo dos o tres acordes para versionear las canciones de los discos que más me gustaban».
Acabó la carrera de Filología Hispánica y se tiró un año en el paro, con los brazos cruzados. Bueno, tocando «todas esas canciones que me encantaban: ‘Thunder Road’, ‘Just Like A Woman’...». Así que, pensando que perdía el tiempo, tomó el ferry Pride Of Bilbao y se instaló en St. Albans, una ciudad situada veinte millas al norte de Londres, donde trabajaban algunos amigos suyos. «En Inglaterra, todos los proyectos e inquietudes empezaron a fluir y a realizarse de modo espontáneo y natural», rememora Markos.
Con respeto
Allí, entre el 95 y el 97, se empleó de cocinero en tres restaurantes, de camarero, de traductor para un comerciante valenciano, «y también dando clases ayudando a un profesor español, pero esto sin cobrar». Y se subió a un escenario. «A priori, en un ambiente hostil, ante extranjeros y en otro idioma. Pero todo me resultó más fácil». A lo mejor porque los británicos respiran y viven la música de modo más trascendental. «No tiene nada que ver. La primera gran diferencia es el respeto. En un ‘pub’ inglés, en cuanto uno se sube al escenario y pide un poco de atención, todo el mundo se calla y escucha. Otra cosa es que aburras y te tiren tomates, como en todos los sitios. Pero siempre tienes una oportunidad que puedes aprovechar».
Él la aprovechó. «En mi caso, mi estilo impactó. Quizá por el acento o las inflexiones ‘dylanianas’, pero resultó atractivo a la gente. Me escuchaban y comentaban que había algo. Te cuento cómo empecé: en un ‘pub’ donde contrataban cantautores durante dos horas, se cedía media a los que querían subir a cantar. Así fue mi primera vez. Toqué una canción, volví el lunes siguiente e hice dos; al siguiente, tres; y al otro, cuatro... Hasta que llegó un tío de Londres que tenía un ‘pub’ y, aunque sólo programaba blues, quiso llevarme. Lo que pasa es que coincidió con el viaje a Bahamas. Me quedé con las ganas».
Bueno, ya había actuado en la capital con otro grupo, Small World, en el que colaboraba cantando el Brown Eyed Girl de Van Morrison. Además, Markos animaba en solitario los interludios del grupillo con versiones de Tom Petty, Van Morrison, Robert Johnson, más sus propios originales, pues fueron sus colegas de Small World quienes le animaron a desarrollarse. «Me di cuenta de que ya no me satisfacía cantar esas canciones, sino que necesitaba contar mi propia historia. Empecé a componer en inglés, porque dominaba el idioma y para mí es importante que el público entienda y conecte de una manera real con las historias que canto».
Cambio de aires
En Inglaterra, Markos sentía que sus progresos idiomáticos, artísticos y personales no se veían reflejados en su economía. «En dos años no subí de sueldo y pensé que debía cambiar de aires. Un día, comiendo en casa un plato de espagueti, usé un periódico viejo de mantel y, en la esquina superior izquierda, sobresalía un escudo raro y un anuncio que decía: ‘El gobierno de las Bahamas desea reclutar profesores de ciencias naturales, matemáticas no sé qué y español’. Mandé el currículo y, al de quince días, me citaron en Londres para una entrevista. Le pedí prestado el traje al irlandés con el que vivía por aquel entonces, me afeité, me quité el pendiente, me corté el pelo, fui guapo, guapo a la entrevista, y me ofrecieron un año en Bahamas dando clases de español».
El 97-98 residió en Nassau, la capital administrativa, llena de bancos y con un ghetto «bastante feo y un poco peligroso». Visitó una par de islas paradisíacas que le enamoraron y descubrió el gospel. «Amisté con unas profesoras que me invitaron a ir a una misa evangelista. Me pidieron por favor que fuese bien vestido y me puse un traje de lino y corbata. Sólo me faltaba un sombrero de paja para ser un colono. Y todas las personas de raza negra aparecían elegantes, incluso en la extravagancia. Allí, las misas duran tres horas, de diez a una de la mañana, y dos de ellas son música y bailes. Se salta de la alegría y el movimiento del soul puro a la balada gospel con Hammonds auténticos. Salía el reverendo, daba su sermón, y seguía la música. Era increíble y conmovedor ver cómo bailaban y cómo entendían la espiritualidad. Te ponían la piel de gallina».
**Visual y quedón**
Luego volvió a la tierruca. Grabó una maqueta en inglés y dio un concierto anglófono, «pero caí en la cuenta de que, si llevo un rollo de contar historias personales, es absurdo que no me entiendan. Volví a empezar desde cero, aparté ese repertorio y me puse a componer en euskera canciones que presenté, especialmente, en Vitoria, donde viví otro año». Claro, es que ahora Untzeta es profesor del programa de sustituciones del Gobierno vasco.
Se gastó un dinero en una segunda demo y la presentó a reputados músicos locales, que luego participaron en su debut discográfico, Gaua basamortuan (Gaztelupeko Hotsak), que describe el autor: «Tenía claro que el disco debía sonar así, espacioso, con Hammond por detrás, con tiempos medios contundentes o más sensibles. Y, sobre todo, crear una atmósfera con espacio para narrar mis historias sobre personajes que buscan cosas. He tratado de ser muy visual, que el oyente recree en su cabeza las imágenes que intento transmitir».
Gaua basamortuan es un CD de producción sencilla con influencia del rock americano clásico (Springsteen, Dylan, un blues que chirría en el conjunto, la capacidad melódica de John Cafferty, el pop de Jayhawks) y que da la mano a otros cantautores euskaldunes que se salen de la norma (Mikel Telleria, Zigor Gazkez). «Alguna vez he declarado que hacemos algo nuevo, pero así ignoraba lo de antes, a una referencia imprescindible como Ruper. Además, me gusta el pop como lo entendían Itoiz. El ‘single’, ‘Agurrak beti dauka zapore garratza’, es muy pop. Creo que cada disco debe tener una canción fresca, ‘light’, si quieres, que no deje mucho poso, como las primeras de los Beatles o el mismo ‘Brown Eyed Girl’, tan facilona y quedona. Me gustan esas canciones».
Acabamos recordando que, superada su etapa en solitario, Markos Untzeta ha logrado montar un grupo con el baterista Borja Barrueta, el teclista de Dolly Lennon, etcétera. «La banda es buena, pero, por ahora, no tengo bolos. Sólo uno el lunes 15 de abril en Sarriko, a las doce del mediodía. Ya me gustaría que vinieras tú. Y la gente en general, porque tenemos un directo bastante bueno». Hombre, sería un buen plan: coger por fin el título de Económicas y luego ver un concierto.

