Hemen zaude: Hasiera Artistak Marcos Coll Hemeroteka Viví la época en la que cada jueves en Santiago era fin de año

Viví la época en la que cada jueves en Santiago era fin de año


Iturria: El Correo Gallego
Eguna: 2020/12/31

Para ser un profesional de la música hace falta talento, pero para conseguir mantenerse más de veinte años viviendo de ella se necesita tener pasión y vocación. Ambas las tiene y las transmite Marcos Coll, un picheleiro, nacido en Madrid, que mamó el blues en los bares de la noche compostelana, aquella que muchos aún recuerdan con añoranza. Desde Berlín recuerda los tiempos en los que Santiago era un bullicio de fiesta y conciertos, una ciudad que desde los 18 años le permitió vivir de su querido blues.

¿Te consideras más alemán o gallego?

Llevo más años en Berlín pero me considero de Compostela, porque es donde estudié la EGB y el instituto, que es lo que realmente te marca. Aunque nací en Madrid, pero me mudé a Santiago con seis años. Estuve hasta los 22; y pasé por un montón de zonas: Pontepedriña, la rúa do Vilar, Sar... De hecho, mi familia sigue en Santiago.

Entonces, empezaste en la música aquí, de adolescente.

Sí, porque empecé a tocar en los bares de la zona vieja. Con 15 años di mis primeros conciertos en la Sala Nasa y en el Cuncas Blues. Pero yo quería centrarme en el blues, y como en Santiago no había demasiada costumbre, con 21 años decidí irme a Madrid y probar suerte. Empecé a trabajar con Mick Taylor y la Tonky Blues Band, y con otras leyendas del blues. Después, empecé con Adrián Costa y formamos Los Reyes del KO. En 2004 decidimos venir a Berlín. En España ya habíamos tocado en los festivales de blues más grandes, como el de Cazorla, Béjar y Hondarribia.

¿Por qué Berlín, qué buscabais?

Necesitábamos encontrar más blues. Ahora en España hay más, pero en ese momento ya conocíamos todo el ambiente del blues que había y queríamos seguir aprendiendo. A esas alturas ya tenía muy claro que quería dedicarme a la música, ya llevaba 15 años tocando cuando me fui a Berlín. Y nos había ido muy bien desde el principio.

¿Qué os ofreció Compostela en vuestra carrera musical?

Iniciamos el género del blues en Santiago. Había sitios de música en directo pero no de blues. Además, tuvimos mucha suerte porque pillamos la época del Xacobeo 93, que fue todo un bum: vino a Santiago Nina Simone, BB King, Prince, Ray Charles... Fue una locura poder ver a esa gente en directo con 14 años, nos dio un empuje. En la zona vieja había muchos conciertos pequeños, nosotros aún no teníamos nivel y aun así tocábamos bastante. Salíamos mucho en prensa, de hecho siempre recuerdo con cariño a EL CORREO GALLEGO porque nos trató muy bien.

¿Qué recuerdas de tu primer concierto?

El primer concierto recuerdo que fue en 1992, en la Nasa, con el festival Rock Parrulo para grupos de chavales que estábamos empezando. Estaba muy bien porque de repente te veías tocando en un escenario, veías a otros músicos y eso te daba un empujón muy grande.

¿Cómo fue ese momento en el que te diste cuenta de que querías dedicarte a la música?

Estaba haciendo mis primeros conciertos, podía salir por la noche, tocar y ganar dinero. Fue un poco locura pero vi que en bares como el Metate y otros me iban dando dinero. De hecho, recuerdo que, cuando iba al instituto de Sar, hice cuentas y dije “con esto que gano puedo pagar una habitación, y también me da para la comida”. En cuanto tuve los 18 me fui de casa. Un día iba tocando en la calle y apareció Alfonso Franco –dueño de Casa do Patín– y empecé a tocar allí. Nos contrataron todas las noches, de aquella con Xulián Freire. Luego empecé a trabajar allí pegando carteles, ayudando con otros conciertos, de técnico de sonido, programando eventos... Acabé sirviendo copas y me hice socio de Alfonso, pero yo estaba centrado en tocar.

¿Cómo eran las noches de Compostela?

No sé si es por nostalgia pero eran increíbles. Había mucha gente y muchos conciertos. Recuerdo sobre todo el Metate, el Cuncas, Fonte Sequelo, Casa das Crechas... Todos los baretos tenían su banda o su dúo, había conciertos todos los días. Viví la época en que cada jueves era fin de año. De hecho recuerdo que me gustaba salir los martes porque el resto de días no se podía estar de la gente que había. Mi bar de referencia era el Cuncas Blues, donde teníamos los instrumentos y donde siempre acabábamos. Ensayábamos en la casa okupa de Castrón D’ouro, la Casa Encantada.

Con 18 años vivías de tocar en bares de Santiago. ¿Berlín qué te aportó, profesionalización?

En Alemania había mucha tradición de blues, empezamos con bolos en Alemania. Nos pusimos a buscar clubes en Múnich. Nos fue bien y teníamos que decidir qué hacer. Pero al final decidimos ir a Berlín porque era más barato. Y Berlín era otro rollo: una ciudad barata con millones de conciertos, de músicas, una isla dentro de Alemania a muchos niveles. El segundo día ya nos queríamos quedar. Tuvimos mucha suerte porque conocimos a Chris Rannenberg, un pianista muy destacado y productor que nos grabó el disco. Entonces empezamos a hacer festivales.

 

Berlín, más de veinte años después

 
En todo este tiempo, Marcos ha evolucionado y se ha ido adaptando a un Berlín en el que, reconoce, la gente es menos ruidosa que en España. Ya no habla tan alto, “porque los españoles hablamos muy alto”, dice, y se ha acostumbrado a una rutina que va dos horas antes que la española. Ahora, domina además el alemán. Se ha casado, y ha tenido un hijo, pero no ha dejado su vinculación con la música. Ya sin Adrián Costa como compañero de aventuras, ahora está inmerso en nuevos proyectos, a la espera de que el COVID le permita continuar. Su último disco lo grabó con un guitarrista, Will Jacobs, y ahora prepara un disco muy diferente a lo que solía hacer.

La pandemia sanitaria, igual que a todos, le ha truncado muchos planes y ha dejado en suspenso todos esos conciertos y vida nocturna alrededor de la música que Marcos tanto ha disfrutado en Berlín. Si bien, este músico valora el esfuerzo que se ha hecho en Alemania a nivel de ayudas, y reconoce que la sociedad de autores alemana, en su opinión, hace mejor las cosas que la SGAE.

La pregunta que no puede faltar a todos los picheleiros que viven fuera es sobre la vuelta a casa. Asentado en Berlín, lo que anhela es poder venir al Santiago que le descubrió la música. Septiembre fue la última vez que estuvo.